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Una Pregunta Capciosa



“Dinos, pues, qué te parece: ¿Es lícito dar tributo a César, o no?”

Evangelio según San Mateo 22:17


Un día un adolescente, conversando con un amigo, dijo: – Creo que sé cómo engañar al sabio. Voy a llevarle un pájaro que sujetaré en la mano, y le preguntaré si está vivo o muerto. Si dice que está vivo, lo apretaré y una vez muerto lo dejaré caer al suelo; si dice que está muerto abriré la mano y lo dejaré volar. El joven llegó hasta el sabio y le hizo la pregunta: – Sabio, el pájaro que tengo en la mano, ¿Está vivo o muerto? El sabio miró fijo al joven y le dijo: – Muchacho, - ¿por qué me preguntas a mí? ¡EN TUS MANOS ESTÁ...!

Una pregunta capciosa tiene como fin engañar o confundir. Las mismas tienen una trampa, pues están formuladas de tal manera que parece que su respuesta es sencilla, cuando a la verdad no lo es. Por lo que, son hechas con el fin de hacerle una encerrona o de poner entre la espada y la pared a quien tenga que responder. Esto con el fin de que, conteste lo que conteste, la respuesta sea siempre errónea. Eso quisieron hacer alguna vez los líderes religiosos con Jesús. Con el fin de sorprenderlo y comprometerlo les enviaron a sus discípulos a preguntarle: “¿Es lícito pagar el tributo al César, o no?” Si Jesús contestaba afirmativamente, se echaba en contra a sus seguidores y éstos lo abandonarían. Si decía que no, se buscaría un lío con el gobierno romano el cual se encargaría de castigarlo, por lo que también se quedaría solo. En otras palabras, querían poner a Jesús en una situación difícil, esperando que, fuera cual fuera la respuesta de Jesús, ellos saldrían airosos. A lo que Jesús, sabiendo la mala intención de estas personas; mostrando el rostro de la moneda, contestó: “Dad a César lo que es de César”, pero continúa dicendo algo más importante: “y a Dios lo que es de Dios”.

A Dios no hay manera de tentarlo, mucho menos de engañarlo. Por lo que, como cristianos, tenemos la responsabilidad de cumplir con nuestras obligaciones cotidianas: pagar impuestos, obedecer las leyes, ser partícipes y ejemplo en la saciedad, entre otras tantas cosas. Pero nunca debemos olvidar que primordialmente debemos dar a Dios lo que es de Dios; toda adoración, gloria, honra, honor, alabanza, obediencia y primacía en todo en nuestra vida; la cual también es de Él. Ya que, como en la moneda está impresa la imagen de César, en nosotros esta impresa la imagen y semejanza de Dios. Y Él está por sobre todas las cosas.


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