Un Dios grande para un hombre pequeño.



“Y sucedió que un varón llamado Zaqueo, que era jefe de los publicanos, y rico, procuraba ver quién era Jesús; pero no podía a causa de la multitud, pues era pequeño de estatura.”


Evangelio según San Lucas 19:2,3


¿Cuántos Zaqueos habrá entre nosotros? ¿Habrá alguno?... No, pero no se trata de cuántos recaudadores de impuestos, o cuántas personas ricas, ni siquiera se trata de cuántas personas de baja estatura se encuentran entre nosotros. Entonces, ¿de quiénes estamos hablando?

Antes de responder a esa pregunta, permítanme decir que, a mi juicio, las personas que son como Zaqueo abundan por todas partes. De hecho, siempre han existido, y las habrá en demasía. Un Zaqueo es una persona con serias y profundas necesidades, las cuales aparecen muy bien disimuladas. En el mundo de la sicología se habla de personas que procuran compensar sus complejos de inferioridad, procurando destacarse de alguna manera u otra.

El Zaqueo del texto de Lucas era un hombre rico marginado, pequeño de estatura, pero sobre todo, era un pecador. Su primera limitación: ser marginado por poseer riquezas mal habidas, gracias a su trabajo, pudo ser resuelta, entregando la mitad de sus bienes a los pobres y compensando a aquellas personas a quienes había defraudado. La limitación de su corta estatura pudo ser superada, cuando se subió al sicómoro. Sin embargo, su limitación mayor: la necesidad de perdón divino y aceptación, sólo podía ser resuelta gracias a un encuentro personal con Jesús. En síntesis, Zaqueo era un hombre pequeño, pero no sólo en estatura. Zaqueo era el retrato de la pequeñez del ser humano en su más clara expresión. Tal vez, andaba buscando, en muchas cosas, un significado real y auténtico para su vida. Así camina mucha gente hoy. Consultan el horóscopo, consultan al síquico, experimentan aquí y allá. La gente busca algún sicómoro que, (como en el caso de Zaqueo), le ayude a saciar su curiosidad. En su lucha, la mayor parte de la gente, no logra descubrir la magnitud de su pequeñez. La clave se encuentra en reconocer que sólo la grandeza de Dios puede compensar nuestra pequeñez.

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