Un Acto Algo Confuso



“El siguiente día, grandes multitudes que habían venido a la fiesta, al oír que Jesús venía a Jerusalén, tomaron ramas de palmera y salieron a recibirle, y clamaban: ¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor, el Rey de Israel!”.


Evangelio según San Juan 12:12-13

Al encontrarnos a las puertas de la Semana Santa, tenemos ante nosotros, el conocido pasaje de la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén. Un hecho relatado en los cuatro evangelios. Por consiguiente, podemos observar la importancia y el gran significado que trae este gran acontecimiento. El pueblo de Israel esperaba al Mesías prometido de Dios. Un Mesías que les traería libertad, del cual se había hablado por medio de los profetas. Un Mesías que llegó en la persona de Jesús, Dios encarnado, pero el pueblo no lo reconoció. Con la algarabía de la fiesta de la Pascua que se acercaba, los hechos y milagros recientes de Jesús, el pueblo lo vio como su “libertador”. Pero como un libertador político, como un libertador revolucionario que los invitaría y los organizaría a la batalla y los conduciría a la victoria en contra de la opresión política y social del imperio romano. Por tanto, en su confusión, lo recibieron con bombos y platillos aclamándolo sólo como un héroe terrenal que les serviría en sus planes y propósitos momentáneos.

Aunque esto pudo parecer un acto algo confuso para el pueblo, y para las multitudes, no lo fue para Jesús. Él tenía clara su identidad. Él tenía bien claro lo que vino y tenía que hacer. Con su entrada triunfal a Jerusalén, de manera voluntaria, como el siervo de Dios, va camino a la cruz. Montado en un pollino de asna, entra como un Rey victorioso que trae la paz. Pero no la paz que se consigue mediante la lucha terrenal o mediante la conquista de este mundo; sino batallando en una guerra que trasciende lo terrenal y lo temporero. Dirigiéndose hacia una guerra espiritual con una victoria eterna. La cual lograría entregando su vida en propiciación por nuestros pecados. Satisfaciendo, con ello, todas las demandas de Dios por causa de nuestras faltas y nuestra desobediencia. Sólo Él podía hacerlo, sólo Él puede lograr lo que nosotros, por nuestras propias fuerzas, no podemos; vencer la maldición del pecado.

Hoy, reconociendo y descansando en quién es verdaderamente Jesús, el Hijo de Dios; Dios mismo, quien se entrega por nosotros, muriendo por ti y por mí, atribuyéndonos gratuitamente y por amor, su victoria y su justicia, podemos entonces, por las verdaderas razones aclamarle: “¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor, el Rey de reyes y Señor de señores!”


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