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La Vid Verdadera


  

 

 

“Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el que la cultiva. Si una de las ramas no da uvas, la corta; pero si da uvas, la poda y la limpia, para que dé más.”

Evangelio según San Juan 15:1

 

En el vestíbulo de un hotel se encontraba ubicado un majestuoso piano de cola. En cierta ocasión, una niña que se hospedaba allí junto a su familia, se sentó a tocar el piano. Como no tenía la capacidad de tocarlo adecuadamente, sólo producía notas discordantes que ahuyentaban a todo el que estuviese por allí.

Un día, mientras la niña tocaba el piano, un caballero se sentó a su lado y comenzó a acompañar cada nota discordante con las más bellas melodías que se podían escuchar. De inmediato, la gente empezó a acercarse para escuchar tan precioso y singular concierto. Cuando la niña se cansó, se levantó de la butaca del piano y enseguida todos los presentes la premiaron con un sonoro aplauso. 

Cuando Jesús se despedía de sus discípulos, según el capítulo 15 del evangelio según San Juan, les declaró que Él era la vid verdadera. Para sus seguidores, aquella declaración debió ser realmente sorprendente, pues según la tradición judía, la nación israelita era considerada como la vid de Dios. Sin embargo, aquí se repite lo mismo que ha sucedido con otras imágenes en el evangelio; las cuales son utilizadas por el Maestro para demostrar que es Él mismo quien encarna su sentido y valor real. Lo vemos hacer eso con el pan, el agua, la vida, la verdad, la puerta y el pastor, entre otros. Jesús hace eso para demostrar que la pertenencia a una nación no garantiza permanencia alguna con relación a Dios. Es la unión con Cristo lo que hace esto posible. Él afirma que la prueba de esa pertenencia son los frutos en la vida del creyente, y finalmente indica que sin Él ningún fruto es posible. O sea, sin Él sólo podemos dar notas discordantes.

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