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La Recompensa Del Que Recibe



“El que a vosotros recibe, a Mí me recibe; y el que me recibe a Mí, recibe al que me envió.”

Evangelio según San Mateo 10:40


Un Pastor, que se encontraba visitando a una familia de su congregación, se puso a dialogar con uno de los chicos de la casa, en presencia de su mamá. Le preguntó si se estaba portando bien y si había sacado buenas notas en la escuela. El niño contestó afirmativamente. La madre añadió, con cierto tono de orgullo: “Sacó A en todas las asignaturas”. El Pastor le preguntó al niño si la mamá lo había recompensado por su buen desempeño. “Sí, sí”, respondió el niño. El Pastor preguntó: “¿Y cuál fue tu recompensa?” Entonces el chico contestó: “Mamá me dio permiso para faltar a la Iglesia los siguientes dos domingos”.

Evidentemente, lo que puede ser una recompensa para unos, no tiene por qué serlo para otros. Creo que alguien, en aquella experiencia, no estaría necesariamente de acuerdo con la recompensa ofrecida al niño. Evidentemente, por alguna razón (que la madre conocía), para el niño representaba una recompensa quedarse sin asistir a la Iglesia.

En el ámbito de la vida de religiosa, las recompensas han jugado un rol muy importante. Como cuestión de hecho, el mundo judío entendía la vida en términos de acciones y recompensas correspondientes. A la luz de esto, interpretaban las bendiciones tanto como los castigos como manifestaciones de justa recompensa. Por otro lado, en el texto del evangelio según Mateo, se nos presenta a Jesús dialogando con sus discípulos sobre el significado de las recompensas desde una perspectiva nueva. En este caso Él se presenta como el objeto ha ser recibido. La declaración no podía ser más contundente para los lectores del primer siglo. Lo que el Maestro enseña es que para recibir a Dios, es necesario recibirlo a Él. Pero, también coloca en línea de sucesión a todos los que reciben o rechazan a los enviados de Él, señalando que su recompensa sería similar: no grandes cosas materiales, sino la acción de ser recibidos o rechazados. ¡Que Dios nos ayude a entenderlo y a aceptarlo!

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