El milagro de aceptar nuestras derrotas.





“Y sucedió que apartándose ellos de Él, Pedro dijo a Jesús: Maestro, bueno es para nosotros que estemos aquí; y hagamos tres enramadas, una para Ti, una para Moisés, y una para Elías; no sabiendo lo que decía... Y vino una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo amado; a Él oíd”.

Evangelio según San Lucas 9:33, 35

Breno, jefe de los galos, después de arrollar a los romanos en el arroyo de Alia (390 d.C.), avanzó sobre Roma, marchando a los alcances de las derrotadas huestes. No halló resistencia en las murallas, y sus tropas se entregaron al placer, al saqueo y a la destrucción. Luego de unos siete meses, los galos aceptaron concertar la paz mediante una cuantiosa indemnización, pagada en monedas de oro. Cuando se pesaban las entregas de los romanos, éstos se quejaron de que las balanzas de los galos eran falsas. Entonces, Breno resolvió en el acto la reclamación, arrojando su espada en una de las balanzas y pronunciando las siguientes palabras: “¡Vae victis!”, que significa, “¡Ay de los vencidos!”

El sentido de justicia de los vencedores suele ser implacable. Por otro lado, la resistencia a aceptar la derrota puede ser igual de implacable. ¿A quién le agrada perder? La realidad es que, por naturaleza, estamos orientados al éxito. Desde muy pequeños, nos ingeniamos la forma de salir ganando siempre. Pienso que no consideramos una virtud aceptar las derrotas porque no sabemos cómo manejarlas. Por otro lado, debemos reconocer, también, que tampoco sabemos manejar las victorias. Generalmente, decimos igual que Breno: “¡Ay de los vencidos!”

En el ámbito espiritual nos sucede lo mismo. Nos resistimos a aceptar nuestras derrotas, aun cuando sepamos que éstas puedan servir para el avance de las causas divinas. En la experiencia de la transfiguración de Jesús, Pedro revela su visión triunfalista, cuando sugiere perpetuar aquel momento de excelsa gloria. ¡Gracias sean dadas a Dios, que reprendió los necios intentos del confundido discípulo! Oigamos, hoy también, para que se obre en nosotros el milagro de aceptar la derrota de nuestra ignorancia, frente a los sabios y perfectos designios divinos. ¡Demos gracias a Dios por el milagro de aceptar nuestras derrotas!

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