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“Hubo un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan.  Este vino por testimonio, para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por él.  No era él la luz, sino para que diese testimonio de la luz”

Evangelio según San Juan 1:6-8

 

     Juan Calvino dijo: “Si queremos tener verdadera sabiduría debemos conocer dos cosas: debemos conocer a Dios y debemos conocernos a nosotros mismos. Para conocer uno de estos correctamente, debemos también conocer al otro”. Interesantemente los seres humanos confundimos las cosas y en la mayor parte de las veces, no conocemos realmente ni a uno, ni al otro. Es por ello, que tendemos a confundir e intercambiar los lugares que le corresponden a Dios y al hombre. Por consiguiente, nosotros, las criaturas, pretendemos ocupar y usurpar el lugar que sólo corresponde al Creador.

     Durante la temporada de Adviento siempre separamos un espacio para reflexionar sobre la persona, y el papel que jugó, Juan el bautista en la vida y ministerio de Jesús. Dice la Escritura, que él fue enviado por Dios para dar testimonio de Cristo y para preparar el camino del Salvador en una época donde la voz profética en el pueblo de Israel había cesado por más de trescientos años. Muchas fueron las preguntas al ver a este hombre que llamaba al arrepentimiento y bautizaba para el perdón de los pecados. ¿Eres el Cristo? ¿Eres el profeta? ¿Eres Elías? ¿Quién eres? Juan simplemente contestó: “Yo soy la voz de uno que clama en el desierto: Enderezad el camino del Señor…”

     Dicen que, el que no conoce a Dios; a cualquier santo le reza. Juan tenía bien claro quién era; él no era el Cristo. Mejor aún, reconocía quién era su Señor; el que, vendrá después de él, pero que existe desde la eternidad. Uno tan grande, del cual no sería digno ni de desatar la correa de Su calzado. Nos debe llenar de verdadero gozo el saber, como Juan el bautista, quiénes somos realmente y cual es nuestra misión. Pero, sobre todo, y más importante, reconocer quién es Cristo, descansar en su obra y darle el lugar que sólo a Él corresponde.

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