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Con La Boca Es Un Mamey.



““No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.”

Evangelio según San Mateo 7:21


Alejandro I, emperador de Rusia, tenía grandes deseos de que la Biblia fuese difundida por todas partes de su imperio. Un día, estando de viaje, vio por la ventana de una casa una Biblia abierta en San Mateo. Entró en la casa y preguntó al dueño de la misma si leía la Biblia. El hombre respondió afirmativamente, indicando que iba por el lugar en que estaba abierta. Mientras el hombre se fue a buscar agua para dar a los caballos del monarca, éste puso un billete de 100 rublos en Efesios 4, donde dice: “Por lo cual dejada la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo”. Cuando llegó la hora de partir, el Zar dirigió unas palabras de amonestación al hombre, y emprendió su camino.

Al cabo de un tiempo, Alejandro I volvió a pasar por allí, y otra vez se interesó por saber si el labriego leía la Biblia. Éste contestó, otra vez, que sí. “¿En qué punto de la lectura estás?”, preguntó Alejandro. El hombre contestó: “Ya voy por el Apocalipsis”. Entonces, el monarca, acercándose a la Biblia, la abrió y buscó en el lugar en donde había colocado el billete, y lo encontró allí. Entonces lo sacó y le dijo: “¡Embustero! ¡Mira lo que habrías hallado si en verdad hubieras leído la Biblia!”

Jesús, también se encontró con mucha gente que decía amar a Dios y hacer su voluntad. Sin embargo, con sus actos demostraban estar muy lejos de lo que con su boca afirmaban. Como cuestión de hecho, el Maestro tuvo serias y reiteradas diferencias con los religiosos que, “honraban a Dios con sus labios, pero su corazón estaba lejos de Él”. En este capítulo, Jesús llama la atención sobre esta realidad. Y la verdad es que es mucho más fácil hablar que actuar. Como diría el jíbaro nuestro: “Con la boca es un mamey”. Así, muchos podemos engañar a otros, y tal vez podamos engañarnos a nosotros mismos. Pero, con lo que muchas veces no contamos es que, por la gracia divina, Dios no puede ser burlado. Así que no basta con la profesión de labios. Ésta es buena, sólo si viene acompañada de una vida obediente a la voluntad del Señor.

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