Promesa Eterna

Actualizado: sep 28



“… y he aquí Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.”

Evangelio según San Mateo 28:20


Una mujer le decía a su marido: “No me casé contigo porque fueras perfecto, sino porque me hiciste una promesa.” Se quitó el anillo de su dedo y mirándole, agregó. “Tu promesa de ser fiel y de cuidarme compensa por tus defectos, y mi promesa compensa por mis fallas. Somos dos seres imperfectos, que decidieron voluntariamente casarse y las promesas son las que crearon nuestro matrimonio.”

¿Cuántas personas no viven de promesas? La mayor parte del tiempo los oímos decir: “…te voy a pagar luego… guárdamelo que yo lo vengo a buscar… te voy a traer tal o cual cosa… no lo vuelvo a hacer… hoy lo hago sin falta…”, entre muchas otras cosas. La pregunta es, ¿realmente lo cumplimos o actuamos como si ello no importara? La realidad es que, a quien se le hace una promesa vive a la expectativa de que la misma se cumpla. Pues, definimos una promesa como cualquier cosa que una persona se compromete a realizar, ya sea por voluntad propia o como respuesta a otros favores recibidos. Pero, todos sabemos que la mayor parte de las veces no funciona así. Nosotros rompemos o no cumplimos gran parte de nuestras promesas. Los seres humanos imperfectos no somos confiables y por la razón que sea, en muchas ocasiones fallamos. Es por lo que, alguien una vez escribió: “El hombre que mucho promete, mucho olvida.”

En los versículos del 16 al 20 del capítulo 28 del evangelio según San Mateo, nos encontramos con lo que conocemos como la gran comisión; un mandamiento que Jesús dio a sus discípulos poco antes de ascender a los cielos, donde describe lo que Él espera que hagan, en su ausencia, sus apóstoles y todo aquél que lo siga. En esencia, este mandamiento nos pide que: en primer lugar, proclamemos el evangelio. Que hablemos de Cristo y de su obra, a toda persona en nuestro caminar diario. Por lo tanto, debemos “ir” y hacerlo. Mas no sólo es “ir” sino que, en segundo lugar, debemos hacer discípulos, enseñando lo que Jesús enseñó y demostrando nuestra obediencia a esas enseñanzas bautizándolos en el nombre de Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Una tarea que a simple vista se ve fácil, pero no lo es. Este mandato incluye peligros, prosecución y retos. Es por lo que, en tercer lugar, Jesús nos da una palabra de consuelo, una promesa: que no nos dejará solos. Él estará con nosotros hasta el fin de los tiempos.

Esa es una promesa eterna y confiable en la que podemos descansar. Hagamos lo que nos toca, reconociendo que la seguridad y el éxito de nuestra misión está en que no estaremos, ni lo haremos solos, sino en compañía y bajo el control de Aquél que nos envió a hacerlo; el que cumple todas sus promesas, pues es fiel a ellas, Jesucristo el Señor.

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