Nuestra IdentidadUntitled

En Don Quijote de la Mancha se presenta una alegoría de la obra redentora de Cristo. Tiene que ver con la identidad. El hombre de la Mancha ve a una prostituta y la saluda con respeto, llamándola: “Mi señora”. Ella, con pícara mirada, con los pechos casi al descubierto y la boca entreabierta, le guiña el ojo y le dice con sorna y llena de incredulidad: “¿Una señora, yo? Nací en una zanja, y allí me dejó mi madre. No quiero culparla. Seguro que me dejó allí esperando que yo tuviese el valor y el buen sentido necesario para morirme”.

El hombre de la Macha continuó mirándola y pensando lo mejor de ella. Luego le dice en tono solemne: “El nombre de usted no es Aldonza. Yo le pongo un nombre nuevo. Usted es mi señora, y el nombre que yo le pongo es Dulcinea”.

Más adelante en escena, aparece Aldonza presa de un ataque de nervios. Había sido violada en el pasar por unos huéspedes desalmados. El hombre de la Mancha afirma de nuevo su creencia en la bondad de ella.

Pero Aldonza herida, aplastada, y llena de odio hacia sí misma, le contesta a gritos: “¡No me llame señora! ¡Por Dios, no se fije en mí! Yo no soy más que una fregona empapada en sudor. Una ramera de quien los hombres abusan y enseguida se olvidan de ella. ¡Yo sólo soy Aldonza! ¡Una porquería!” Y, dicho esto, sale apresuradamente de la escena.

Mientras ella se marcha, él la vuelve a llamar: “¡Señora mía!” Y, tras una breve pausa, mirando hacia su propia sombra, continúa diciendo: “¡Señora mía!” En la quietud de su soledad, pronuncia por lo bajo el nuevo nombre que él le puso: “¡Dulcinea!”

Al final de la obra, el hombre de la Mancha aparece en el lecho de muerte, con el corazón quebrantado por la desilusión. Entonces una señora de espléndida belleza se acerca a su lecho.

-¿Quién es usted? -pregunta con débil voz.

Ella permanecía arrodillada a su lado.

Ahora, la mujer se alza del suelo, se yergue cuan alta es y responde con un gesto de regia hermosura:

-¿Mi nombre? ¡Mi nombre es… Dulcinea!

Renueve su mente, no sea Aldonza, sea Dulcinea. Usted es el broche de oro de la creación de Dios. Cristo Jesús dejó su gloria eterna y vino para buscarlo y salvarlo. Dios le ha enriquecido con las riquezas de Cristo. “Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos” (2 Cor. 8:9). ¡Él lo hizo posible, disfrútelo!

Lecturas:

domingo, 11 de octubre Éxodo 3:1-15

lunes, 12 de octubre Juan 15:15

martes, 13 de octubre 2 Corintios 5:17

miércoles, 14 de octubre Romanos 6:6

jueves, 15 de octubre Efesios 4:24

viernes, 16 de octubre 1 Pedro 2:9

sábado, 17 de octubre Gálatas 2:20

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