La tentación de Jesús y la nuestra.

“Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.”

Carta a los Hebreos 4:15


Cuenta una antigua historia, tomada de la tradición judía, que un rabí emprendió un largo viaje acompañado de un siervo suyo llamado Jacob. Estos iban en una carreta tirada por un caballo muy apreciado por su amo. Al detenerse en un mesón, el rabí entró a descansar, mientras el siervo se quedó al cuidado del caballo. Mientras tanto, un mercader logró con engaños y un poco de licor, cambiarle el caballo al siervo por una canción.

Después de esto, y aún ebrio, Jacob se dio cuenta de lo que había hecho. Entonces decidió hacerse pasar por el caballo. Cuando el amo volvió, se encontró a Jacob en el lugar del caballo, en cuatro patas y comiendo heno. “¿Qué está pasando aquí? ¿Dónde está mi caballo?” preguntó el rabí. “Yo soy el caballo”, contestó Jacob, mientras relinchaba. “No se enoje conmigo, mi querido amo. Lo que sucede es que hace algún tiempo cedí a la tentación y pequé con su mujer; entonces Dios me castigó, convirtiéndome en caballo. Todos estos años lo he acompañado sin que usted sospechara que el caballo era yo. Me han quitado el castigo y ahora soy hombre nuevamente.” Confundido por lo que acababa de escuchar, el rabí se dirigió al mercado, y para su sorpresa, encontró allí al caballo que Jacob había cambiado por una canción. El rabí se le acercó al caballo y le susurró al oído: “No lo puedo creer, Jacob. ¿Tan pronto, volviste a ceder a la tentación?”

El evento de la tentación de Jesús figura como uno de vital trascendencia e importancia para la vida de todos los creyentes. Por un lado, la historia de la tentación sirve para poner en contraste la victoria de Jesús ante la tentación, y nuestra incapacidad para vencer la tentación. Jesús, con su obediencia y fidelidad vino a deshacer las obras del enemigo. Pero también vino para acompañarnos, de forma tal, que podamos salir airosos en nuestras tentaciones. Caemos, pero no hay que seguir haciéndolo.

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