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La Vara Está Puesta

September 9, 2019

“Así pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todas sus posesiones no puede ser mi discípulo.”

Evangelio según Lucas 14:33

                                   

     Hace algún tiempo leí la siguiente nota, en la que Rodolfo Loyola establece la diferencia entre un miembro de una iglesia y un discípulo del Señor. Decía así:  

    “El miembro suele esperar panes y peces; el discípulo sale a pescar. El miembro lucha por crecer; el discípulo busca reproducirse. El miembro se gana; el discípulo se hace. El miembro depende de los pechos de su madre (la iglesia); el discípulo está destetado para servir. El miembro gusta del halago; el discípulo gusta de la entrega y el compromiso. El miembro aporta parte de sus ganancias; el discípulo entrega su vida. El miembro suele caer en la rutina; el discípulo busca la forma de innovar su servicio. El miembro espera que se le asignen tareas; el discípulo asume responsabilidades. El miembro murmura y reclama; el discípulo se niega a sí mismo y obedece. El miembro está condicionado a sus circunstancias; el discípulo las aprovecha para ejercitar su fe. El miembro reclama que lo visiten; el discípulo visita. Los “miembros” del siglo XXI están siendo transformados por el mundo; los discípulos de la Iglesia Primitiva transformaron al mundo. Los miembros son soldados invasores; los discípulos son soldados de trinchera. El miembro cuida las estacas de su tienda; el discípulo ensancha el sitio de su cabaña. El miembro hace hábitos; el discípulo rompe moldes. El miembro sueña con la iglesia ideal; el discípulo trabaja por el ideal de su iglesia. La meta del miembro es ganar el cielo; la del discípulo es ganar almas para el cielo. El miembro dice: “¡Ojalá!”; el discípulo dice: “¡Heme aquí!”

     Todo esto y mucho más, se puede decir sobre la diferencia entre un miembro y un discípulo. Lo que es más importante es que Jesús no llamó a la gente a convertirse en miembros de un movimiento. Él los llamó para convertirlos en sus discípulos. Lamentablemente, los seres humanos hemos querido acomodar el llamado del Señor a los criterios nuestros. Dios nos llama a responder con entrega total e incondicional. Es decir, Dios ha colocado la vara por la que se mide nuestra obediencia. ¡Que Dios nos ayude!

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