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¡Qué Buen Testimonio!

September 3, 2019

“Este es el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron de Jerusalén sacerdotes y levitas para que le preguntasen: ¿Tú, quién eres? Confesó, y no negó, sino confesó: Yo no soy el Cristo.”

Evangelio según San Juan 1:19-20

 

 

     Leonard Bernstein fue un afamado compositor, director de orquestas, autor, profesor de música y pianista norteamericano. En cierta ocasión un admirador suyo le preguntó cuál era el instrumento más difícil de tocar. Bernstein contestó sin ambages: “El segundo violín. Siempre logro conseguir buena cantidad de primeros violinistas; pero conseguir segundos violinistas que se desempeñen con el mismo entusiasmo es realmente muy difícil. Lo mismo sucede con la segunda trompeta, la segunda flauta, y otros. El problema es que sin el segundo instrumento, no es posible obtener la armonía necesaria.

     Esta conclusión del afamado director de orquestas trae a la mesa una realidad muy reveladora, que se manifiesta en el ambiente de la música. Sin embargo, debemos reconocer que también se manifiesta en otras áreas del comportamiento del ser humano en general. Nos referimos a la realidad de que nos cuesta trabajo aceptar roles secundarios, y en lugar de ello, preferimos el reconocimiento de todos.  

     El pasaje que nos ocupa el día de hoy nos presenta el testimonio que Juan el bautista ofreció ante el interrogatorio al que fue sometido por parte de las autoridades judías, llámense sacerdotes y levitas del grupo de los fariseos. Éstos llegaron hasta donde Juan para interrogarlo con respecto a su “identidad”. Le preguntaron quién era, a lo cual contestó que él no era el Cristo. Luego, le preguntaron si era Elías o el profeta, a lo cual contestó afirmando no ser ninguno de éstos. Entonces, nuevamente le preguntaron quién era, a lo que Juan contestó que sólo era la voz de uno que clama en el desierto como heraldo del Señor. Luego, continuaron su interrogatorio, planteando que si él no era ni el Cristo, ni Elías, ni el profeta, entonces por qué razón bautizaba. Juan les contestó que él sólo bautizaba con agua, pero que Aquél de quien él era un heraldo, era desconocido por ellos, aunque estaba en medio de ellos, que vendría después de él, que era antes de él, y que el propio Juan no era digno de desatar la correa de su calzado. Las respuestas de Juan nos dejan saber con cuánta claridad Juan era capaz de verse a sí mismo, fundamentalmente porque conocía muy bien a Aquél a quien le fue dado anunciar. ¡Que Dios nos ayude a ofrecer tan buen testimonio!

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