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Dios y Hombre

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“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad”.

 

Evangelio según San Juan 1:14

                                   

     Compartimos con ustedes una de las mejores exposiciones sobre las dos naturalezas del Hijo de Dios. Ésta la encontramos en la Confesión Belga, de los años 1618 y 1619. La misma reza así:

     “Creemos que por esta concepción la Persona del Hijo está inseparablemente unida y juntamente ensamblada a la naturaleza humana; de manera que no hay dos Hijos de Dios, ni dos personas, sino dos naturalezas unidas en una sola Persona; pero cada naturaleza conservando sus propiedades distintas. Así, pues, como la Naturaleza Divina siempre ha subsistido increada, sin principio de días ni fin de vida,1 llenando cielo y tierra, así la naturaleza humana no ha perdido sus propiedades, sino que ha permanecido siendo una criatura, teniendo principio de días, siendo una naturaleza finita y conservando todo lo que corresponde a un cuerpo verdadero.2 Y si bien por Su resurrección Él le ha dado inmortalidad, sin embargo Él no ha cambiado la realidad de Su naturaleza humana, por cuanto nuestra salvación y resurrección penden de la verdad de Su cuerpo.

     Mas estas dos naturalezas están de tal manera unidas en una sola Persona, que ni aún por la muerte han sido separadas. De modo que lo que Él al morir encomendó en manos de Su Padre era un verdadero espíritu humano que salía de Su cuerpo;3 pero, entretanto, la Naturaleza Divina permaneció siempre unida a la humana, incluso cuando Él yacía en el sepulcro; y la Deidad no cesó de estar en Él tal como estuvo en Él cuando era un niño pequeño, aunque por un breve tiempo no se reveló así. Por eso reconocemos que Él es verdadero Dios y verdadero hombre; verdadero Dios para vencer con su poder a la muerte, y verdadero hombre para que pudiera morir por nosotros en la debilidad de Su carne”.

 

1 Heb 7:3;  2 1ra Co 15:13, 21; Fil 3:21; Mt 26:11; Hch 1:2, 11; 3:21;

Lc 24:39; Jn 20:25, 27;  3 Lc 23:46; Mt 27:50

 

(La Confesión Belga, Artículo 19)

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