AFIRMACIÓN COMUNAL DE FE HISTÓRICA DE LA IGLESIA:

Nuestra fe y seguridad no proceden de la carne y la sangre, es decir, de poderes naturales dentro de nosotros, sino de la inspiración del Espíritu Santo,


  • A quien confesamos como Dios, igual con el Padre y con su Hijo, quien nos santifica, y por su propia acción nos lleva a la verdad total, sin el cual seríamos para siempre enemigos de Dios y desconocedores de su Hijo, Cristo Jesús.


  • Por naturaleza estamos tan muertos, ciegos y pervertidos, que no podemos sentir cuando somos aguijoneados, ver la luz cuando brilla, ni asentir a la voluntad de Dios cuando es revelada,


  • A menos que el Espíritu del Señor Jesús avive aquello que está muerto, ilumine la oscuridad de nuestras mentes, e incline nuestros obstinados corazones a obedecer su bendita voluntad.


  • Y así como confesamos que Dios el Padre nos creó cuando no existíamos, y así como el Hijo, nuestro Señor Jesús, nos redimió cuando aún éramos sus enemigos, así también confesamos que el Espíritu Santo nos santifica y regenera, sin tener en consideración nuestros méritos, tanto antes como después de nuestra regeneración.


  • Para decirlo en forma más clara; así como renunciamos voluntariamente a cualquier honor y gloria por nuestra propia creación y redención, así también lo hacemos por nuestra regeneración y santificación, ya que por nosotros mismos no somos capaces de concebir un solo pensamiento bueno; el que ha comenzado la obra en nosotros nos hace perseverar en ella, para la alabanza y gloria de su inmerecida gracia.


(La Confesión Escocesa, capítulo XII)

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