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“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Éste era en el principio con Dios. Todas las cosas por Él fueron hechas, y sin Él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.”

Evangelio según San Juan 1:1-3

                                    

            

     La pasada semana afirmábamos que así como en el Génesis el Verbo de Dios originó la vida física, en medio del vacío o ausencia de vida, y trajo la luz, disipando las tinieblas; así también traía consigo la vida y la luz para aquellos que estaban en el reino de la muerte y las tinieblas. Reconocíamos que éste es un acto poderoso e indetenible de la soberana voluntad de Dios. Sin embargo, debemos reconocer que esta acción de Dios no se realiza de manera automatizada. No todos los seres humanos reciben esta vida y esta luz que vienen de Dios.

     Según el testimonio de Juan, Cristo, que es la vida y la luz de los hombres, vino a un mundo que ya estaba en rebeldía con su Creador. Vino a un mundo que aunque fue creado por Él, no le recibió. Y debemos entender que la razón por la cual buena parte del mundo creado por Él no le recibió fue justamente por el estado de muerte y tiniebla espiritual en el que ya estaban.

      Por otro lado, el Señor ha querido que todos los que reciban y crean en el Verbo tengan el privilegio de ser convertidos en hijos de Dios. Pero, ¿cómo han de creer si espiritualmente están muertos? Juan 1:13 nos ofrece la respuesta, cuando dice: “los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios”. A esto se le llama, la regeneración o el nuevo nacimiento. Y no se trata de algo que el ser humano pueda alcanzar por naturaleza propia o por su propio esfuerzo. Este nuevo nacimiento nos viene sólo de Dios. Así que, de la misma manera en que el poder de Dios generó la vida y la luz, según el Génesis; así también el poder de Dios nos regenera espiritualmente. ¡A Dios, y sólo a Dios, sea la gloria!

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