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Con Temor Y Reverencia

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“Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia; porque nuestro Dios es fuego consumidor.”

Epístola a los Hebreos 12:28-29

 

     En mayo de 1507, tras completar su primer año de noviciado, Martín Lutero estaba listo para oficiar su primer servicio de Comunión. La Misa comenzó. Lutero se paró frente al altar y recitó la parte inicial del oficio sin dificultad. Pero, de pronto llegó a las palabras: “Te ofrecemos a Ti, el Dios vivo, verdadero y eterno…” La idea de que él, un pecador, se atreviera a aproximarse al Dios santo, era sencillamente demasiado. En sus adentros pensó: “¿Cómo voy yo a interpelar a Dios, siendo que todos los hombres deben temblar ante la presencia incluso de un príncipe de esta tierra? ¿Quién soy yo para que levante mis ojos o extienda mis manos hacia Dios? Los ángeles lo rodean. Ante un gesto suyo tiembla la tierra. Y yo, un miserable y pequeño pigmeo, ¿habré de decir, quiero esto o pido lo otro? Soy polvo y cenizas, y estoy lleno de pecado, ¿y debo hablarle al Dios vivo, eterno y verdadero?” Lutero estaba tan aterrorizado, que a duras penas consiguió finalizar la Misa.

    ¿Le impacta a usted esta experiencia? ¿Cree que Lutero exageraba la nota? Estoy convencido de que la inmensa mayoría de la gente es muy poco consciente de la grandísima diferencia que existe entre Dios y nosotros. Estoy convencido de que estamos muy lejos de conocer el significado del concepto de la santidad de Dios.

     Meditando sobre la respuesta a la pregunta del Catecismo Mayor con relación a qué se exige de los que reciben el Sacramento de la Santa Cena en el momento de su administración, dirigí la atención a los versos 28 y 29 del capítulo 12 de la Epístola a los Hebreos. Éstos me ayudaron a comprender un poco mejor el dilema del monje agustino Martín Lutero, a la hora de administrar el Sacramento de la Santa Cena. El escritor de la Epístola le recuerda a sus lectores la enorme distancia que existe entre Dios y los seres humanos. Esto lo hace por medio del recuento de la abrumadora experiencia de Moisés a acercarse al monte Sion. Allí, la voz de Dios conmovió la tierra, provocando espanto de muerte. Ahora, al pueblo de Dios se le ha permitido acercarse a mismo trono santo de Él. ¿Cómo debemos hacerlo? Con temor y reverencia; porque nuestro Dios es fuego consumidor. ¡Que así nos ayude Dios!

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