Trabajando para el maestro.

Un joven pintor recibió instrucciones de su anciano maestro para completar un cuadro que él no había podido concluir a causa de su creciente debilidad. -Te comisiono, hijo mío -le dijo el anciano-, para que hagas lo mejor que puedas para concluir esta obra.

El joven sentía tal reverencia por la habilidad de su maestro que se consideraba incompetente para tocar el lienzo de aquella renombrada mano; pero las palabras “haz lo mejor que puedas” le dieron ánimos. Cogió temblando el pincel y arrodillándose ante la obra que le había sido designada oró diciendo: “Es por mi amado maestro por quien imploro habilidad y fuerza para esta obra”.

Cuando se levantó de sus rodillas, se sintió animado para empezar su tarea; en sus ojos se despertó el genio que dormía y el entusiasmo tomó el lugar del temor.

El maestro fue traído en un sillón al estudio para que juzgara el trabajo. Cuando su ojo cayó sobre la tela, rompió a llorar y echando sus debilitados brazos sobre el cuello del artista le dijo: “Hijo mío, ya no pinto más. Tu puedes seguir perfectamente mi labor”.

Aquel joven se llamaba Leonardo da Vinci, el autor del cuadro de la Última Cena conocido en todo el mundo.

Ojalá que cada discípulo de Cristo se entregara con el mismo celo para proseguir la obra que nuestro amado maestro nos encomendó.


Lecturas


domingo, 14 de octubre Mateo 26:26-29

lunes, 15 de octubre Romanos 4:1-21

martes, 16 de octubre 1 Corintios 11:17-34

miércoles, 17 de octubre Hechos 2:37-42

jueves, 18 de octubre 1 Corintios 10:14-22

viernes, 19 de octubre Romanos 15:1-13

sábado, 20 de octubre Éxodo 12:43-51

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