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Un Pueblo de Ley y Orden

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“Oye, oh Israel, los estatutos y decretos que Yo pronuncio hoy en vuestros oídos; aprendedlos, y guardadlos, para ponerlos por obra.”

 

Libro de Deuteronomio 5:1                          

 

Imaginemos a un hombre manejando su automóvil por la calle de una ciudad y, consciente o inconscientemente, pasa un semáforo en rojo. Un policía lo detiene y le pide su licencia de conducir. El conductor inmediatamente empieza a defenderse así: “Señor oficial, admito que me he pasado el semáforo en rojo, pero nunca he robado a nadie, nunca he cometido adulterio y nunca he mentido en mi declaración de impuestos”.

El policía sonríe, mientras continúa llenando el boleto, porque sabe que ninguna cantidad de obediencia puede compensar un acto de desobediencia. Además, sabe que su deber es velar porque las leyes sean cumplidas. Presumir que hemos cumplido con una parte de las leyes, mientras violamos otras, no es una conducta admisible. Sucede que las mismas leyes que protegen al ciudadano cumplidor son las que castigan al ofensor. Así debe ser con todos los pueblos que viven en un sistema de ley y orden.

Según el testimonio de las Sagradas Escrituras, la ley moral fue dada por Dios mismo. El Catecismo Mayor de Westminster establece que: “La ley moral es la declaración de la voluntad de Dios a la humanidad, dirigiendo y obligando a cada uno a una conformidad y obediencia personal, completa y perpetua a ella, en el marco y disposición de todo el hombre, cuerpo y alma, y en el cumplimiento de todos los deberes de santidad y justicia que se debe a Dios y al hombre; prometiendo vida a los que la cumplen, y amenazando de muerte a los que la violan”. La cita de Deuteronomio 5:1 dice que los estatutos y decretos dados a Israel fueron pronunciados por Dios mismo. La responsabilidad del pueblo sería aprenderlos, guardarlos y ponerlos por obra. Con la entrega de la ley moral, Dios constituía a Israel como un pueblo de ley y orden.

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