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No Es Lo Mismo, Ni Se Escribe Igual

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“Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con Él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado.”

               Epístola a los Romanos 6:6

                                    

Desde la bahía de New York hasta donde comienza el agua profunda se extiende un canal de cerca de 26 kilómetros de largo y sumamente angosto. En años pasados era bastante difícil navegar en el canal cuando había neblina o tempestad. Entonces, alguien ideó el plan de poner un cable, en el fondo del río arenoso, que transmitiese señales eléctricas a través del agua, guiando a los barcos a navegar por el centro del canal, lo cual permitía hacerlo en forma segura.

 

Las doctrinas bíblicas de la justificación y de la santificación representan dos aspectos vitales dentro de la interpretación de la cosmovisión reformada en cuanto al tema de la salvación se refiere. En esencia, la justificación se refiere al acto de Dios, por medio del cual declara justas a todas las personas que son llamadas a depositar su fe en el sacrificio de Cristo. Por otro lado, la santificación se refiere al proceso mediante el cual el creyente es transformado conforme a la voluntad de Dios. En la justificación, Dios trata con la culpa que trae el pecado, mientras que en la santificación trata con la corrupción que deja del pecado.

 

Aunque en las dos, Dios trata con el pecado, evidentemente no son la misma cosa. No son lo mismo, ni se escribe igual. Como ya hemos tratado antes con la doctrina de la justificación, hoy queremos poner énfasis en la doctrina de la santificación. Como ya expusimos, aquí Dios trata con la corrupción que deja en nosotros el pecado. Nos ha declarado justos, pero ahora comienza el proceso de transformar cada día nuestras inclinaciones pecaminosas en actitudes que honren y exalten su nombre. Para esto, nos ha dejado su Santo Espíritu, que es como ese cable submarino que guía los barcos hacia un lugar seguro. Por otro lado, Su Palabra nos recuerda que nuestro viejo hombre fue crucificado ya con Cristo, para que fuese destruido, de modo que ya no sirvamos más al pecado.

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