Incondicionalmente

“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.”

Epístola a los Romanos 5:8

Durante la segunda guerra mundial un hombre murió y dos amigos suyos, buscaron desesperadamente un lugar donde poder enterrarlo. Encontraron un cementerio en una aldea vecina. Sucedía que el cementerio era católico romano y el difunto era protestante. Cuando los dos jóvenes encontraron al sacerdote a cargo de los servicios en el cementerio, le solicitaron permiso para enterrar a su amigo. Sin embargo, el sacerdote se negó a hacerlo porque el hombre no era católico.

Cuando el clérigo vio la decepción de aquellos dos jóvenes, su necesidad y su buen deseo de enterrar dignamente a su amigo, les dijo que podían enterrarlo al otro lado de la rústica verja del cementerio. Ellos procedieron a hacerlo. Un tiempo después, decidieron regresar para visitar la tumba de su amigo, pero no lograron encontrarla. En su búsqueda, llegaron hasta donde el sacerdote que los había atendido originalmente, preguntándole si sabía qué había ocurrido con los restos del amigo fallecido. El sacerdote les confesó que la noche después de que ellos enterraron a su amigo, él no pudo dormir por haberlos hecho enterrar a su amigo fuera de los límites del cementerio. Entonces, decidió mover la verja de manera que el pedazo de tierra que usaron como tumba de su amigo, quedara entonces dentro del cementerio.

En la carta del apóstol Pablo a los romanos se presenta todo un tratado teológico relacionado al tema de la salvación del ser humano. En los primeros capítulos, el apóstol se encarga de exponer la universalidad del pecado en el que están todos los seres humanos, y las muy serias consecuencias del mismo. Esto se recoge muy bien en Romanos 3:23, donde dice que: “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”. Inmediatamente añade: “siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre” (Rom. 3:24-25). Queda claro que Dios nos salvó cuando aún éramos infieles. Es decir, incondicionalmente.

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