¿Tan sólo el diezmo?



“Respondiendo Jesús, dijo: ¿No son diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están?”

Evangelio según San Lucas 17:17

Un ministro, que laboraba en una ciudad de puerto, colocó el siguiente letrero en la puerta del Templo: Oremos por las siguientes personas, que se encuentran perdidas en el mar. A renglón seguido, aparecían los nombres de las nueve personas.

Muy pronto empezaron a escucharse voces de protesta. Uno por uno, los “perdidos” comenzaron a llamar para solicitar que sus nombres no aparecieran en la lista que había sido colocada por el Pastor. En el siguiente servicio, el Pastor explicó: “El viernes en la noche me solicitaron orar por once personas que se encontraban perdidas en el mar. Enseguida, los incorporamos en una lista de intercesión. Más tarde, dos de aquellos once llamaron para dar gracias por haber sido encontrados. Yo asumí, desde luego, que los restantes nueve aún permanecían perdidos”.

En cierta medida, pienso que el Pastor estaba en lo correcto. Había nueve personas que aún se encontraban perdidas. Se encontraban perdidas en “el mar de la ingratitud”. Lo mismo sucedió con nueve de los diez leprosos que el Señor sanó. De los diez sanados, solamente uno regresó para dar las gracias. Luego Jesús preguntó: “¿No fueron diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están?” Las razones que puedan presentarse para excusar a los nueve que vinieron a dar gracias son precisamente eso: excusas. La realidad es que la verdad que revela la respuesta de los nueve leprosos sanados es, cuán ingratos podemos ser los seres humanos. La pregunta que cabe hacerse es: ¿Será este porcentaje representativo de lo que somos capaces nosotros los seres humanos? Pienso que si tratamos de juzgar esto de manera objetiva, debemos concluir cuán bien estamos representados en esta experiencia de la curación de los diez leprosos. Quiera Dios que entre nosotros el porcentaje de agradecidos sea mucho mayor que uno de cada diez. Quiera Dios que nunca seamos contados entre el 90% de perdidos en el mar de la ingratitud. ¡Que así nos ayude Dios! ¡Amén!

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