¿Quién Entra?


“No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos”.

Evangelio según San Marcos 7:21


Es curioso cuando veo cómo personas que siguen los concursos de belleza, saben hasta el más mínimo detalle de cada una de las concursantes. Detalles como: cuál es su traje típico, qué significa, quién lo diseñó, de dónde es la maquillista, qué le van a hacer, si contesta bien o no, y así por el estilo. En muchas ocasiones esto lo hacen para conocer todo lo que puedan de las candidatas, y en otras, es con el fin de criticarlas. Y en sus análisis y sus críticas, se vuelven expertas en pronosticar quién llega a cuál posición y quien ni siquiera entra en las primeras finalistas. Su misión es ver si adivinan o le atinan quien entra y en cual lugar. Parece que el tema de entrar a algún lugar; ya sea entrar a una buena universidad, a un buen trabajo, a un buen equipo deportivo entre otros, ha sido un tema de importancia para muchos individuos. La pregunta es ¿hasta dónde se está dispuesto a llegar para entrar a esos lugares que queremos? ¿Tenemos la capacidad y cumplimos los requisitos para hacerlo? ¿Sabemos a fin de cuentas quién entra?

En el pasaje frente a nosotros nos plantea una situación similar pues comienza con una aseveración que, aunque suena dura para algunos la dijo el mismo Jesús. “No todo el que me dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos.” Un aseveración clara que rompe con la creencia equivocada que se presenta por ahí de que Dios por ser un Dios amoroso, no castiga, ni mucho menos, enviará personas al infierno. Esa idea universalista de que todos se salvarán. Pero vemos que esa no es a realidad. Estos versículos finales del conocido Sermón del monte que nos presenta Mateo en su evangelio tienen como propósito que desde muy temprano en su ministerio veamos la divinidad de Jesús que nos exige obediencia para poder entrar al reino de los cielos.

Oír y obedecer son la clave para hacer la voluntad de Dios. pero, la persona que oye y obedece es porque tiene buenas bases y fundamento. Es porque reconoce que su vida ha sido edificada sobre el fundamento firme que es Cristo. La persona que ha recibido ha Cristo y se afirma en Él, es como la casa construida sobre la roca. Es quien resiste los fuertes embates de la vida y realmente puede obedecer a Dios de manera sincera. Si amas a Cristo y realmente lo aceptas como tu Señor y Salvador, anclándote fielmente en Él; tendrás la seguridad que entrarás en le reino de los cielos.

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