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Perdón Sin Gracia, Es Una Desgracia.



“¿No debías tú también tener misericordia, como yo tuve misericordia de ti?”

Evangelio según San Mateo 18:33


Clarissa Harlowe Barton, nació en 1821 y falleció en 1912. Ella fue la enfermera norteamericana que fundó la Cruz Roja Americana. Sirvió como enfermera de hospital durante la Guerra Civil, además de ser maestra y examinadora de patentes. Clara, como se le solía llamar, también era conocida por sus profundas convicciones de fe.

Un buen día, un amigo suyo vino a recordarle una cruel y grave ofensa de la cual Clara había sido objeto, hacía unos cuantos años atrás. Sin embargo, Clara pareció no recordar tal evento. Su amigo le preguntó, entonces, “¿Que no recuerdas todo el daño que te hizo aquello?” A lo cual, Clara contestó con absoluta calma y pasmosa convicción: “No. Recuerdo, claramente, haberlo olvidado ya.”

¡Qué extraordinaria lección! Así es el perdón de Dios: absoluto y sin límites. Sin embargo, ¡qué desgracia saber que habiendo sido perdonados así, nos atrevamos a condicionar y limitar nuestro perdón hacia otras personas y aún hacia nosotros mismos. Algo similar se ilustra en la pregunta que Pedro le hizo al Maestro, a saber: “¿Cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí?” La realidad es que el perdón, (desde la perspectiva divina), no puede estar limitado al cálculo. El perdón tiene que estar amparado en la gracia. Y, ésta no conoce fronteras ni está condicionada por nada. Luego, el Maestro pasó a ilustrar esto con la conocida parábola del siervo que fue incapaz de perdonar a su consiervo. Aquél, evidentemente, actuó sin ningún razgo de la gracia de Dios. Había sido perdonado gratuitamente, pero sin reconocerlo ni apreciarlo. Por eso, demostró que el perdón sin gracia, es una desgracia.

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