INVITACIÓN A LA AFIRMACIÓN DE NUESTRA FE:



Min.: Reflexionemos sobre la manera en la cual la Iglesia Primitiva respondió al mandato del Señor, frente a las restricciones impuestas por las autoridades religiosas de su tiempo, y sobre nuestro deber con respecto a la autoridad de los Concilios.


AFIRMACIÓN COMUNAL DE NUESTRA FE:


Min.: “Así como condenamos precipitadamente lo que personas buenas, reunidas legalmente en concilios generales, nos presentan; tampoco recibimos sin juicio crítico lo que ha sido declarado bajo el nombre de estos concilios generales porque es evidente que, siendo humanos, algunos han errado manifiestamente y eso en asuntos de gran peso e importancia.


Con.: En la medida que algún concilio confirme sus decretos con la Palabra explícita de Dios, así lo acatamos y aceptamos.


Min.: Pero si algunos, bajo el nombre de concilio pretenden inventar falsos artículos de fe, o tomar decisiones contrarias a la Palabra de Dios, entonces debemos rechazarlos rotundamente como doctrinas demoníacas que apartan nuestras almas de la voz del Dios único, para que sigamos doctrinas y enseñanzas humanas.


Con.: La razón por la cual los concilios generales se reunieron, no fue la de promulgar ninguna ley permanente que no hubiera sido formulada previamente por Dios, ni definir nuevos artículos de fe, ni para otorgar autoridad a la Palabra de Dios;


Min.: mucho menos para hacer que ésta sea la Palabra de Dios, ni aún la interpretación verdadera de la misma que no hubiera sido expresada anteriormente por su santa voluntad en su Palabra.


Con.: Pero la razón de ser de los concilios, al menos de aquellos que merecen tal nombre, fue en parte la de refutar herejías, y hacer pública confesión de su fe a generaciones futuras, lo cual hcieron con la autoridad de la Palabra escrita de Dios, y no por la opinión o prerrogativa de que no podían equivocarse por razón de número.


Todos: Juzgamos que ésta fue la razón principal para celebrar los concilios generales. La segunda fue que debía establecerse y observarse una buena norma y orden en la Iglesia, donde como en la casa de Dios, es propio que todo se haga decentemente y en orden”.

(La Confesión Escocesa, capítulo XX)

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