El Atajo De Un Triunfo Fácil



“Respondiendo Jesús, le dijo: Vete de Mí, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a Él sólo servirás.”

Evangelio según San Lucas 4:8


Hace mucho tiempo, mientras dialogaba con un feligrés, éste me hizo el siguiente comentario: “Pastor, yo creo que el dilema de un cristiano no consiste en distinguir entre lo bueno y lo malo, sino en distinguir entre lo bueno y lo que parece bueno”. ¿No le parece que aquel hombre tenía razón?

La tentación no sería tentación si sólo se tratara de escoger entre lo bueno y lo que evidentemente es malo. Si así fuera, no sería una tentación. Lo que hace que la tentación sea tentación es precisamente el hecho de que se presenta como algo bueno, atractivo y ventajoso. El caso de la historia de las tentaciones a las que Jesús fue sometido en el desierto apunta precisamente a eso. Satisfacer su apetito, adquirir poder y gloria, y mostrar autoridad; no suponían ofertas desagradables. Por el contrario, se presentaban como el atajo a un triunfo fácil.

El ministerio de Jesús debía culminar en la gloria de la resurrección, la ascensión al Padre y el eventual regreso triunfal por los suyos. Pero, para que esto pudiera suceder, había un camino divinamente trazado por el que el Hijo de Dios tenía que acceder. Si bien las tentaciones representaban el atajo a un triunfo fácil, ese acceso implicaba la desobediencia al plan de Dios. Curiosamente, el tentador basó sus ofertas en aparentes verdades o en verdades a medias, y, de hecho, hasta utilizó las Sagradas Escrituras para ampararse en ellas. De manera que, debemos tener muy en cuenta la sutileza de la obra del tentador. Debemos concluir, también, que cuando somos sometidos a la tentación, entramos en un terreno extremadamente peligroso. Entonces, ¿qué debemos hacer cuando somos tentados? Pienso que lo primero que debemos hacer es considerar la claridad con la que Jesús entendía su misión, y cómo eso le permitió mantener un enfoque adecuado sobre lo que tenía que descartar. Nosotros, deberíamos tener bien claro cuál es la ruta marcada por Dios, que es: vivir para su gloria, y no aceptar ningún atajo.

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