¿De quién depende?



“¡Bendito el que viene en el nombre del Señor; paz en el cielo, y gloria en las alturas!”

Evangelio según San Lucas 19:38


No sé si a usted le impacta tanto como a un servidor. Pero la realidad es que se me hace muy difícil entender cómo en tan sólo unos días los vítores y las alabanzas se pudieron transformar en reclamos para que el Maestro fuese crucificado. Procurando entender un poco este extraño fenómeno, decidí examinar la escena de aquél primer domingo de ramos, preguntándome: ¿Habrá sido aquella una verdadera entrada triunfal? Veamos lo que descubrí:

Según los historiadores, una entrada triunfal en la época de Jesús debería incorporar varios elementos. (1)El conquistador o gobernante entraba a la ciudad escoltado por el pueblo o por su ejército. (2)La procesión estaba acompañada con música y/o aclamaciones de júbilo. (3)Se utilizaban elementos que servían para simbolizar la autoridad o realeza del gobernante. (4)La entrada era seguida de una visita al templo y un sacrificio, que simbólicamente representaba una toma de posesión de la ciudad.

Curiosamente, la entrada triunfal de Jesús tenía todos esos elementos, con la particularidad de que su reino o autoridad no descansaba en la fuerza humana. Como cuestión de hecho, Él sabía que aquellos vítores habrían de tornarse en gritos de condena. Así que, aunque aquella entrada fue realmente triunfal, aquel triunfo no dependía de las aclamaciones de alabanza ni de los gritos que destilaban tanta crueldad. Jesús no se dejaría afectar ni por los vítores ni por la crítica, porque Él sabía muy bien de Quién dependía el carácter de su autoridad.

Así debería suceder con nosotros. Nuestra estima no debe depender de lo bueno o lo malo que otras personas puedan pensar sobre nosotros. Nuestra estima tampoco puede descansar en las circunstancias por las que estamos atravesando. Incluso, nuestra estima no puede depender de nuestra propia opinión. De quien debe depender nuestra estima es de la opinión de Dios. Todas las demás opiniones están sujetas a error y son pasajeras. Por otro lado, Dios nunca se equivoca. Él ha dicho que todos los que creen en Jesús nos convertimos en sus hijos, y eso nadie lo puede cambiar.

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